jueves, 20 de septiembre de 2018

Prehistoria (La historia más larga)

La prehistoria es el período más dilatado de la historia, puesto que abarca el tiempo anterior a los documentos escritos. Pero no solo incluye la existencia humana anterior a la escritura, sino también formas de vida que habitaron el planeta y hoy están extintas. En este caso, la información sobre vida y culturas pretéritas la obtenemos a través de la interpretación de los útiles arqueológicos y los fósiles que se encuentran gracias a las excavaciones.

Entre los útiles figuran herramientas de manufactura humana hechas a partir de rocas, huesos de animales o metales. Los elementos arqueológicos son muy variados: esqueletos de animales, restos humanos, huellas de pisadas, espinas y diminutos huesecillos en el oído de los peces (otolitos)... ¡Incluso coprolitos, excrementos fosilizados! Su análisis ofrece una perspectiva de los antiguos hábitos dietéticos de animales y humanos.

prehistoria laetoli
Réplica de las pisadas de Laetoli, las más antiguas del mundo, de entre 3,7 y 3,5 millones de años

En cuanto a los primeros registros escritos, aparecieron hace unos 5.000 años en Mesopotamia, hace unos 4.000 en Grecia y unos 3.000 en China. Vemos, pues, que la Prehistoria acaba en distintos lapsos temporales en diferentes culturas, según el momento de aparición de los primeros documentos.

Cómo medir el tiempo pasado

Se emplean distintos métodos científicos para datar materiales provenientes de yacimientos prehistóricos. Uno de ellos es la dendrocronología, el estudio y contaje de los anillos de crecimiento anuales de los árboles, que permite fechar momentos temporales en una cierta área o región. Resulta ideal para medir cambios climatológicos, los comienzos de la cultura agrícola y la actividad volcánica.

Una manera de datar los fósiles es mediante la ciencia de la bioestratigrafía, el estudio del registro fósil y de los estratos circundantes en los que aparecen los restos fosilizados comparándolos con fósiles similares procedentes de otros depósitos sedimentarios.

Las dataciones radiométricas recurren a elementos radiactivos para determinar la edad absoluta de rocas, minerales y restos paleontológicos. Por ejemplo, la datación por radiocarbono es un método muy empleado en Prehistoria. Se utiliza desde 1949, y permite fechar materiales tan diversos como madera, turba, huesos, tejidos corporales de momias o conchas de invertebrados. Una ayuda inestimable para los prehistoriadores. 

No obstante, debido a factores externos y posibles discrepancias en las técnicas de datación, los científicos suelen sincronizar sus resultados con datos dendrocronológicos para evitar notables márgenes de error en las fechas. En muestras de más de 50.000 años, ese margen se hace demasiado grande, por lo que se emplean otras radiometrías, como la del Potasio-Argón.

Homininos y homínidos 

El registro fósil indica que, hace entre 5 y 6 millones de años, los primeros primates bípedos hicieron su aparición en África. A estas formas fósiles bípedas, cuyo extenso y complejo linaje conduce hasta los seres humanos, se les denomina homininos. Los homininos incluyen todas las especies de australopitécidos, humanos tempranos y recientes, tras su separación del linaje de los chimpancés hace 14 millones de años. No debe confundirse con lo que, tradicionalmente, se ha denominado homínido. Actualmente, los homínidos se agrupan en una familia que incluye los orangutanes, gorilas, chimpancés, bonobos y humanos, debido a sus semejanzas genéticas.

Las importantes descripciones y estudios anatómicos publicados en 2009 sugieren que el hominino Ardipithecus (hace entre 5,8 y 4,4 millones de años) es el antecesor del género Australopithecus, un grupo muy bien conocido desde principios del siglo XX. Australopithecus significa “simio del sur de África”, nombre creado en 1925 por el anatomista y antropólogo Raymond Dart, descubridor del Niño de Taung.

Los australopitecinos incluyen diversas especies fósiles bípedas que poseían volúmenes cerebrales relativamente pequeños en proporción a su tamaño corporal. La más antigua se denomina Australopithecus anamensis, encontrada en yacimientos de Kenia y Etiopía, con una antigüedad de entre 4,2 y 3,9 millones de años. Pero el australopiteco más famoso de todos es, sin duda, Lucy, una hembra de Australopithecus afarensis de 3,2 millones de años. El milagro del tiempo ha conservado el 40% de su esqueleto.

Prehistoria Lucy
Recreación de Lucy en el Museo Nacional de Historia Natural de Washington D. C.

La noche de su descubrimiento, en el campamento bebían cerveza y escuchaban la canción de los Beatles Lucy in the sky with diamonds, celebrando la buena fortuna del hallazgo. Nadie recuerda al primero que se le ocurrió llamarle Lucy, pero tuvo éxito, y así es como la conocemos hoy.

Es casi seguro que los australopitecos y/o formas emparentadas empleaban herramientas líticas (de piedra).
Algunos homininos tenían cráneos de aspecto muy particular. Se les conoce informalmente como australopitecinos “robustos”, porque poseían grandes dientes y enormes mandíbulas en las que se asentaban poderosos músculos masticadores. Las formas robustas se agrupan en el género Paranthropus. El primer fósil de este linaje es el denominado Cráneo Negro (Paranthropus aethiopicus) de 2,5 millones de años, encontrado también en Kenia. Los parántropos desparecieron completamente del registro fósil hace 1 millón de años.

La aparición de los seres humanos

El humano más antiguo ha aparecido en la región etíope de Ledi-Geraru. Se trata de un fragmento de mandíbula de 2,8 millones de años, sin asignación específica. En los yacimientos tanzanos de Olduvai se encontraron restos de hombres muy primitivos capaces de fabricar herramientas, por cuya razón se los asignó a una nueva especie, denominada Homo habilis. Confeccionaron toscas herramientas para obtener lascas de agudo filo cortante, un tipo de complejo tecnológico denominado Olduvayense (o Modo 1). Los habilinos vivieron aproximadamente entre 2,1 y 1,5 millones de años.

La especie Homo erectus es la primera en presentar una proporción corporal similar a la nuestra. Los primeros erectus provienen de Eurasia, concretamente del yacimiento de Dmanisi (República de Georgia), donde se han encontrado cinco fabulosos cráneos y una pelvis completa. Tienen una antigüedad de 1,8 millones de años. También hay Homo erectus africanos, ligeramente más jóvenes. El más importante es el Niño del Turkana, un esqueleto casi completo encontrado en Nariokotome (Kenia) con una antigüedad de 1,6 millones de años.

Homo erectus empleó herramientas más diversas y sofisticadas que su predecesor, Homo habilis, desarrollando las primeras hachas de piedra bifaciales. Tal complejo tecnológico se denomina Achelense (o Modo 2). El empleo del Achelense comenzó alrededor de los 1,6 millones de años. Homo erectus fue una especie viajera que se adentró en Europa y los confines de Asia. También empleó el fuego, lo que debió de mejorar infinitamente su estilo de vida.

El yacimiento más antiguo con sólidas pruebas de manejo del fuego es el de Gesner Benot Ya’aqov, en Israel. Se han recuperado fragmentos de sílex, madera y semillas quemadas de 790.000 años de antigüedad.

Mientras tanto, en la península ibérica...

El fósil humano más antiguo de Europa se ha encontrado en el yacimiento de Barranco León, cerca de la localidad granadina de Orce. Se trata de un pequeño diente, un premolar infantil de un niño ¡que vivió hace alrededor de 1,4 millones de años! Asimismo, la Sima del Elefante en Atapuerca (Burgos) ha proporcionado útiles líticos y un fragmento de mandíbula cercano a los 1,2 millones de años. En Atapuerca se han encontrado también importantes restos que pueden tener una antigüedad cercana a los 900.000 años. Nos referimos al Chico de la Gran Dolina y otros fósiles humanos procedentes del yacimiento Gran Dolina.

prehistoria el desfiladero de atapuerca
Yacimiento de Atapuerca, Burgos

Pero Atapuerca no acaba aquí, pues abarca un numeroso conjunto de yacimientos, entre los que destaca con luz propia la Sima de los Huesos. En ella se han recuperado la mayor y mejor colección de fósiles de Homo de un único yacimiento. Importantes características neandertales ya están presentes en los homininos de la Sima de los Huesos en su dentadura y la morfología del cráneo. 

Con una edad de entre 600.00 y 400.000 años, estos antiguos europeos parecen ser los distantes tatarabuelos de los neandertales. Las condiciones de la Sima de los Huesos, aislada desde hace cientos de miles de años en las profundidades de un sistema cárstico, han permitido una conservación excepcional de los individuos. El equipo del Instituto Max Planck para Antropología Evolutiva en Leipzig (Alemania), dirigido por Svante Pääbo, logró secuenciar su ADN nuclear en 2016, lo que reveló una estrecha relación con los neandertales.

Neandertales y Humanos Modernos

Los neandertales, que evolucionaron de poblaciones como la de la Sima de los Huesos, aparecieron en Eurasia hace unos 200.000 años, y su linaje se extinguió en el sur de la península ibérica hace unos 28.000. Hábiles artesanos, desarrollaron una industria conocida como Musteriense (o Modo 3) con la que confeccionaban raederas, puntas, hendedores, etc.

Los Humanos Anatómicamente Modernos (HAM) más antiguos que conocíamos hasta junio de 2017 habían aparecido en el sur de Etiopía hace 195.000 años. Los resultados de esta última investigación han fechado al Homo sapiens más antiguo, hallado en Jebel Irhoud (Marruecos), hace unos 300.000 años, es decir, han atrasado nuestros orígenes en unos 100.000. Homo sapiens experimentó una serie de cambios en su comportamiento y cognición, entre los que podemos destacar el pensamiento abstracto, la planificación profunda, el comportamiento simbólico (es decir, el desarrollo del arte), el empleo de armas arrojadizas y la explotación sistemática de la caza mayor.

Nuestros abuelos africanos fueron capaces de extenderse por todo el mundo gracias a su conocimiento de la naturaleza, capacidad tecnológica y transmisión cultural. Tales avances permitieron un lento e inexorable aumento demográfico. Los cambios climáticos y la sobreexplotación de la caza obligaron a los HAM a desarrollar la agricultura, produciéndose lo que el arqueólogo Vere Gordon Childe denominó la Revolución Neolítica (pasar de una vida nómada, basada en la caza y la recolección, a una existencia sedentaria y dependiente del cuidado del ganado y los frutos de la tierra).

El comienzo de este proceso tuvo lugar en el Creciente Fértil (Mesopotamia y tierras circundantes a los ríos Tigris y Éufrates), hace entre 10.000 y 8.000 años. La transformación condujo a las primeras ciudades-estado con monarcas y militares, acompañados de funcionarios y clero. Los primeros documentos escritos, que dejarían la prehistoria atrás, hablarán de las hazañas y finanzas de los primeros...

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Castillo de Alcaudete.

Castillo de Alcaudete
LocalizaciónAlcaudete
JaénBandera de la provincia de Jaén.svg Jaén
EspañaFlag of Spain.svg España
TipoFortaleza hispanomusulmana
Coordenadas37°35′26″N 4°05′19″O / 37.5906, -4.08852Coordenadas: 37°35′26″N 4°05′19″O / 37.5906, -4.08852 (mapa)
Abierto al públicoSí, horarios
CatalogaciónCastillo de Alcaudete
Bien de Interés Cultural
Patrimonio histórico de España

Ubicación y Acceso 

El castillo está sobre el cerro a cuya falda se extiende la población de Alcaudete, a 48 kilómetros de Jaén capital. A Alcaudete se accede por la carretera A-316 Úbeda-Málaga y por la carretera N-432 Badajoz-Granada. 


Es uno de los máximos ejemplos del poder que, en la Edad Media, alcanzó la Orden de Calatrava, a la que el Rey Fernando III el Santo encomendó la protección de la frontera occidental del reino de Jaén frente al reino nazarí de Granada. 

El castillo, uno de los mejor restaurados de España, cuenta con un centro de interpretación dedicado a su evolución histórica y, en especial, a la etapa que estuvo ocupado por los monjes-guerreros. 

Una buena forma de conocer el castillo de Alcaudete puede ser participar en alguna de las cenas o almuerzos medievales o en las recreaciones históricas y visitas teatralizadas que organiza y ofrece la empresa de gestión turística local en colaboración con el ayuntamiento y otras entidades. 

De este modo, ataviados con los trajes de la época y de la mano de algunos de los ilustres personajes que habitaron entre sus muros, conoceremos la historia de esta imponente e inexpugnable fortificación. 


En cualquier caso, siempre podremos optar por la clásica visita al recinto (accesible, además, para personas con movilidad reducida) y recorrer el Centro de Interpretación de la Orden Militar de Calatrava, en el que, por ejemplo, veremos las armas y máquinas de guerra que empleaban los monjes en sus incursiones o conoceremos cómo era su vida en el interior del castillo. 

Entre los siglos XIII y XIV, Alcaudete se convierte en un enclave de vital importancia dentro de la frontera con el reino nazarí de Granada. De hecho, la pugna entre musulmanes y cristianos por hacerse con tan codiciada plaza fue una constante, aún después de la batalla de las Navas de Tolosa. 

Finalmente, se encarga a esta orden militar el control y la defensa de la frontera occidental del Reino de Jaén y serán los monjes calatravos los que levanten este castillo sobre la base del antiguo fortín árabe. Desde aquí se abastecerán y saldrán las tropas que van a participar en incursiones en territorio musulmán y aquí volverán también en busca de resguardo y aposento. 

La Orden de Calatrava reforzará el carácter defensivo de la plaza para tratar de hacerla lo más inexpugnable e inaccesible posible y para adecuarla a las nuevas estrategias de combate, dado el incipiente uso de la artillería (por ejemplo, redondeando las esquinas en algunas de sus torres). 


De la antigua fortaleza islámica utilizarán sus defensas como antemuro o falsabraga, es decir, una muralla más baja que la principal, que se levanta delante de ésta y que aún se conserva. 

Los monjes mantienen dos de las tres puertas que en la etapa árabe daban acceso al recinto: la puerta principal, en la zona norte, defendida por dos torres, y la poterna o puerta falsa, situada en el extremo sureste, de tamaño más reducido y protegida también por una torre conocida como la Torre del Reloj. 

Una vez dentro del recinto, el aspecto del castillo de Alcaudete es muy similar al que tendría hace ocho siglos. El minucioso trabajo de restauración llevado a cabo ha hecho posible que buena parte de las edificaciones y estructuras de la fortaleza hayan recuperado el aspecto que debieron tener entonces. 

El recinto cuenta con tres aljibes, sobre uno de ellos, el ubicado junto a la puerta principal, se sitúa el cuerpo de guardia, encargado de controlar el acceso al castillo y comunicado directamente con el adarve de los lienzos de la muralla. 

Llamados también caminos de ronda, estos pasillos eran solo frecuentados por la guardia que, de este modo, podía recorrer todo el recinto y acceder a las seis torres que lo defendían.


El de Alcaudete es uno de los castillos donde mejor se puede apreciar este tipo de estructura. En la zona sur del perímetro amurallado se encuentran las caballerizas, recuperadas hoy día como sala destinada a la celebración de actividades varias, y la sala capitular, situada justo encima de estas últimas. 

Pero, entre todas estas edificaciones, en el centro de la fortaleza y en el punto más elevado del cerro, destaca la espectacular Torre del Homenaje, símbolo del poder de la Orden, imponente por sus dimensiones (22 metros de altura y muros de hasta tres metros de grosor) y prácticamente inexpugnable por la dificultad de su acceso. 

En ella, además del aljibe y el almacén para guardar los víveres, en la última planta, se localizaba la residencia del comendador. Tras la toma de Granada y el fin de los conflictos armados, el castillo perdió su función militar para convertirse en residencia al ser entregado al señorío de los Fernández de Córdoba. 

Los señores de Alcaudete colocan sobre la puerta principal sus escudos heráldicos, aún visibles, y acometen numerosas reformas que afectan prácticamente a todas las edificaciones del castillo, incluida la Torre del Homenaje, cuya primera planta se transforma en un salón con chimenea, mientras que la segunda, antaño uno de los espacios más importantes del castillo, se convierte, curiosamente, en un palomar. 

Asimismo, los nuevos propietarios construirán nuevas dependencias en el recinto, entre ellas las propias de una residencia palaciega con una gran escalera imperial de las que hoy poco se puede ver ya que, los continuos expolios y, después, el terremoto de Lisboa de 1755, acabaron por derruirlo.  

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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Juan Manuel Fernández Pacheco.

Juan Manuel Fernández Pacheco

Información personal
Nacimiento7 de septiembre de 1650
Marcilla, España
Fallecimiento29 de junio de 1725 (74 años)
Madrid, España
NacionalidadEspañola
Familia
PadreDiego López Pacheco y Portugal
Hijos
Información profesional
OcupaciónPolítico y militar
Rango
Miembro de
Distinciones

Fernández Pacheco y Zúñiga, Juan Manuel. Marqués de Villena (VIII). Marcilla (Navarra), 7.IX.1650 – Madrid, 29.VI.1725. Fundador y primer director de la Real Academia Española, virrey, militar, hombre de letras y ciencias. Miembro de nobilísima familia, Grande de España de primera clase, fue octavo marqués de Villena y duque de Escalona, duodécimo conde de San Esteban de Gormaz, etc.

Hijo de Diego Roque López Pacheco y de Juana de Zúñiga, su nacimiento se produjo cuando iban sus padres camino de Pamplona a hacerse cargo del virreinato de Navarra. Muy pronto, en febrero de 1652, falleció su madre, y un año después su padre. A partir de ese momento, el niño, heredero de la casa de Villena-Escalona, se crió y se educó bajo la tutela de su tío Juan Francisco Pacheco, obispo de Cuenca.

Pasó luego a residir en sus estados de Escalona y Cadalso, saneó sus finanzas y casó, en 29 de noviembre de 1674, con Josefa de Benavides Silva y Manrique, con quien, antes de enviudar en 1692, tuvo tres hijos varones, el segundo de los cuales murió con pocos años. Participó, apoyando a las fuerzas del emperador Leopoldo I, en el asedio de Buda (1686), en el que resultó herido. Regresado a España, el rey Carlos II le concedió el Toisón de Oro (1687), y le nombró general de la Caballería de Cataluña (1689) y su embajador extraordinario en Roma.

Luego, sucesivamente, virrey de Navarra (1691-1692), de Aragón (sólo durante unos meses) y de Cataluña (1693-1694). Sufrió entonces la derrota de las tropas francesas a orillas del río Ter, tras de la cual fue relevado del cargo y se retiró a Castilla. Firme partidario del duque de Anjou, a quien Carlos II nombró su heredero, el 29 de noviembre de 1700 dirigió a Luis XIV de Francia una muy interesante carta en que, tras exponer la situación de la Monarquía, brinda cuatro consejos para la conducta del nieto, el nuevo Rey: que su juramento e investidura se produjeran en presencia de las Cortes de Castilla; que al establecer su casa lo hiciera de acuerdo con la antigua usanza castellana; que favoreciera la milicia con las palabras y los hechos, devolviendo a la nobleza el atuendo militar y dejando la “golilla” para las gentes de toga y de pluma; y, finalmente, que bajo ningún concepto nombrara como confesor a un fraile regular, sino a un sacerdote u obispo. Bajo Felipe V fue el marqués de Villena sucesivamente virrey de Sicilia (por breve plazo) y de Nápoles, donde permaneció seis años.

En 1707 hubo de hacer frente al ataque de los imperiales, en cuyo poder cayó, finalmente, prisionero, en el sitio de Gaeta; en esa situación permaneció durante más de tres años (en la fortaleza de Pizzighettone), hasta que en 1711 fue canjeado por el general aliado Lord Stanhope y otros jefes que habían sido apresados en la batalla de Brihuega. Vuelto a España, Felipe V insistió en honrarlo con la mitra de Toledo, dignidad que, juiciosamente, rechazó el viudo marqués; quien, en cambio, aceptó con gusto el nombramiento para el más alto cargo palaciego, el de mayordomo mayor (20 de enero de 1713).

En el verano de ese mismo año se produjo el hecho que, sin duda, mayor recordación merece de la vida del marqués de Villena: comienza a reunirse en su casa de la madrileña plaza de las Descalzas, y a iniciativa suya, una tertulia de eruditos, formada, además de por él, por el padre Juan de Ferreras, Gabriel Álvarez de Toledo, Andrés González de Barcia, fray Juan Interián de Ayala, los padres jesuitas Bartolomé Alcázar y José Casani y Antonio Dongo Barnuevo.

Estas ocho personas, reunidas por vez primera el 6 de julio de 1713, fueron los fundadores de la que empezó autodenominándose Academia Española y un año más tarde pasó a ser además “Real” por acogerla Felipe V bajo su protección (la cédula de aprobación oficial es del 3 de octubre de 1714). En una consideración más amplia, pueden entrar también bajo la categoría de fundadores tres individuos más: Francisco Pizarro, marqués de San Juan, José de Solís Gante y Sarmiento, marqués de Castelnovo y después duque de Montellano, y Vincencio Squarzafigo, que asistieron ya a la primera sesión de la que se levantó acta, la del 3 de agosto de 1713.

Elegido el marqués de Villena primer director, los académicos acometieron de inmediato la redacción del Diccionario de la lengua castellana, hoy conocido como Diccionario de autoridades, cuyo primer tomo vio la luz en 1726. Fallecido en 1725, no alcanzó el marqués a verlo completo y encuadernado, pues la impresión iba en el momento del óbito —informan puntualmente los desconsolados académicos— por el pliego 128.

El sexto y último volumen de esa obra capital, verdadera proeza lexicográfica, apareció en 1739. Durante los doce años que el marqués gobernó la Academia asistió puntualmente a sus juntas, salvo en dos breves etapas en que acompañó al Rey a Aranjuez (mayo-julio de 1715) y a la frontera francesa (fines de 1721); y colaboró, naturalmente, en los trabajos del Diccionario.

Tras el entierro del marqués de Villena en el monasterio segoviano del Parral, se celebraron unas solemnes exequias en su memoria (13 de agosto de 1725), en las que predicó el sermón fúnebre fray Juan Interián de Ayala; y en la sesión académica del 29 de agosto hizo el padre Casani el elogio póstumo del primer director de la Corporación. Los textos de uno y otro se incluyen en la correspondiente Relación, publicada por la Academia. Todas las semblanzas de Juan Manuel Fernández Pacheco coinciden en señalar su extraordinaria afición y dedicación a letras y ciencias.

El doctor Diego Mateo Zapata aseguraba en 1716 que conocía perfectamente la “filosofía moderna”, vinculando la recién instituida Academia al movimiento de los novatores. Según el testimonio de Sempere y Guarinos, el marqués era muy conocido fuera de España por su relación con la Academia de Ciencias de París, de la que era individuo, y por su comunicación con diversos sabios de Europa. Se sabe también que durante su virreinato en Nápoles había sido elegido miembro de la Arcadia romana (13 de noviembre de 1704).

Su instrucción, dice Sempere, no se limitaba a “los conocimientos de que debiera estar adornado todo noble”, sino que comprendía también la lengua griega “y demás ramos de las buenas y bellas letras”, las Matemáticas, la Medicina, la Botánica, la Química (que practicaba en el laboratorio instalado al efecto en una torre de sus posesiones en Escalona) y la Anatomía.

En fin, según el mismo autor, a Villena podría haber debido España, además de la fundación de la Academia Española, “la entera restauración de la Literatura, si hubiera llegado a efectuarse el gran proyecto que tenía formado de una Academia general de Ciencias y Artes”. El marqués de San Felipe llegó a decir de él, a propósito de su etapa napolitana, que “se entretenía más con los libros que en los negocios”.

Lo cierto es que a lo largo de su vida reunió una importante biblioteca, formada, según el inventario realizado tras su muerte, por 6.997 volúmenes impresos y 172 manuscritos. Pasó a sus herederos, pero se dispersó en el siglo xix. Por proceder de autor extranjero y además no muy dado al panegírico son especialmente interesantes los testimonios que acerca del marqués de Villena dejó en sus célebres Memorias el duque de Saint-Simon, quien llegó a tratarle como amigo.

“Escalona, mais qui plus ordinairement —escribe— portait le nom de Villena, étoit la vertu, l’honneur, la probité, la foi, la loyauté, la valeur, la piété, l’ancienne chevalerie même; [...] avec cela beaucoup de lecture, de savoir, de justesse et de discernement dans l’esprit, sans opiniâtreté, mais avec fermeté, fort désintéressé, toujours occupé, avec une belle bibliotèque et commerce avec force savants dans toutes les pays de l’Europe”. Más adelante revela que nunca vistió a la española, sino a la francesa, porque la golilla le resultaba insoportable; que firmaba sencillamente “el Marqués”, considerando que lo era por antonomasia; etc.

Y relata una sorprendente anécdota que oyó contar por todo Madrid y cuya veracidad, dice Saint-Simon, le confirmó su protagonista mismo: el grave altercado que se produjo cuando, en ocasión de hallarse enfermo el Rey, al querer impedir Alberoni a Villena, mayordomo mayor, que accediera a la Cámara del Monarca, la emprendió el ofendido a bastonazos con el poderoso cardenal. Obras de ~: Dos cartas (1700) a Luis XIV, en C.

Hippeau, Avénement des Bourbons au trone d’Espagne. Correspondance inédite du marquis d’Harcourt, Ambassadeur de France auprès des rois Charles II et Phlippe V, Paris, 1875, págs. 316 y 318- 320; Memorias para la Historia de España, sacadas de los apuntamientos originales escritos de letra del Exmo. Sr. Don Juan Fernández Pacheco, Marqués de Villena, y existentes en la Biblioteca de la casa (ms. en la Real Academia de la Historia, Colección Sempere, t. XVI, fols. 94-108v., sign. 9/5218, Olim B-134). Bibl.: F. Pinel y Monroy, Retrato del buen vassallo copiado de la vida y hechos de D. Andrés de Cabrera, primer Marqués de Moya.

Ofrécele al Excelentíssimo Señor D. Juan Manuel Fernández Pacheco Cabrera y Bobadilla, Marqués de Villena y Moya, Duque de Escalona, etc., Madrid, en la Imprenta Imperial por José Fernández de Buendía, 1677, dedicatoria y págs. 422-423; Relación de las exequias que la Real Academia Española celebró por el Excelentíssimo señor Don Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena, su primer Fundador y Director,

Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1725; V. Bacallar y Sanna, marqués de San Felipe, Comentarios de la Guerra de España e historia de su rey Felipe V el Animoso, Génova, 1725; “Historia de la Real Academia Española”, en Dicc ionario de la lengua castellana [Diccionario de autoridades], t. I, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1726, págs. IX-XLI; J. Sempere y Guarinos, Ensayo de una Biblioteca española de los mejores escritores del reynado de Carlos III, t. I,

Madrid, Imprenta Real, 1785, dedicatoria y págs. 10- 13; Duque de Saint-Simon, Mémoires complets et authentiques sur le siècle de Louis XIV et la Régence, Paris, Ch. Lahure, 1856-1858, t. I, págs. 195-197; t. III, págs. 4, 7-11, 119-120, 333; t. VI, págs. 102-103; t. X, págs. 217-218, 315; t. XV, págs. 176-180, y t. XVIII, págs. 439-443; F. Fernández de Béthencourt, Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, Casa Real y Grandes de España, t. II, Madrid, Est. Tipográfico de Enrique Teodoro, 1900, págs. 263-274; E. Cotarelo y Mori, “La fundación de la Academia Española y su primer director D. Juan Manuel F. Pacheco, Marqués de Villena”, en Boletín de la Real

Academia Española, I (1914), págs. 1-127; F. Gil Ayuso, “Nuevos documentos sobre la fundación de la Real Academia Española”, en Boletín de la Real Academia Española, XIV (1927), págs. 593-599; G. Maura Gamazo, Duque de Maura, Vida y reinado de Carlos II, Madrid, Espasa Calpe, 1942; A. Cotarelo Valledor, Bosquejo histórico de la Real Academia Española, Madrid, Instituto de España, 1946; P. Ventriglia, “Los españoles en la ‘Arcadia’”, en Revista de Literatura, III (1953), págs. 233-246; F. Lázaro Carreter, Crónica del Diccionario de Autoridades (1713- 1740), Madrid, Real

Academia Española, 1972; G. Galasso, Napoli spagnolo dopo Masaniello, vol. II, Florencia, Sansoni Editore, 1982, págs. 633-746; D. del Río y S. Esposito, Vigliena, Nápoles, Istituto Italiano per gli Studi Filosofici, 1986, págs. 11-19; G. de Andrés, “La biblioteca del marqués de Villena, don Juan Manuel Fernández Pacheco, fundador de la Real Academia Española”, en Hispania, XLVIII, 168 (1988), págs. 169-200; P. Á lvarez de Miranda, “Las academias de los novatores”, en E. Rodríguez Cuadros, De las Academias a la Enciclopedia: el discurso del saber en la modernidad, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1993, págs. 263-300; A. Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa Calpe, 1999, págs. 23-33.

¡Gracias por leerme! Fuentes de consulta: Pedro Álvarez de Miranda biografias

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Rosario de Acuña.


Rosario de Acuña
Dichosa usted, señora, que puede brillar entre los hombres por su talento, y entre las mujeres buenas por su bondad. Natural es, por consiguiente, que merecer el afecto de usted, alegre y envanezca a su respetuoso y apasionado amigo y servidor.

Rosario de Acuña y Villanueva (1850-1923) se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de la España de su tiempo en virtud del protagonismo que asumirá como dramaturga, poeta, articulista autodidacta pero también en virtud de su compromiso como feminista, librepensadora, republicana…
El portal que la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes le dedica nace con la voluntad de arrojar luz sobre la vida y la obra de la autora de El Padre Juan, mujer excepcional en la que convergen escritura, masonería, librepensamiento, republicanismo o compromiso feminista, y que se erige como una de las escritoras españolas más destacadas del siglo XIX.

Biografía de Rosario de Acuña

 
Rosario de Acuña nació en Madrid, 1 de noviembre de 1850, en el seno de una distinguida familia y de la que heredará un título nobiliario, duquesa de Acuña, que nunca utilizará. Sus padres fueron Felipe de Acuña y Solís y Dolores Villanueva de Elices, entregados en cuerpo y alma a su única hija, pues a los cuatro años de edad Rosario de Acuña comienza a padecer los primeros síntomas de una enfermedad ocular que hasta los treinta y cuatro años, cuando se somete a una intervención quirúrgica, le ocasiona la pérdida intermitente de la vista y grandes padecimientos. Circunstancia que le permitió disfrutar de una educación que trascendía los limitados márgenes que la enseñanza oficial otorgaba a las mujeres. El colegio de monjas fue sustituido por las lecciones que en su propia casa recibía de sus padres, por un permanente contacto con la naturaleza y por frecuentes viajes por la península y el extranjero. La propia autora confiesa que su padre la adentró en el estudio de la Historia, al leerle fragmentos que ella reproducía mentalmente, gusto por la historia que se consolidaría durante su estancia en Roma, 1875, en casa de su tío, el historiador Antonio Benavides. Al lado de la Historia, las Ciencias Naturales ocuparán un lugar privilegiado en su formación, instrucción teórica, pero también práctica, pues frecuentemente pasaba temporadas en  tierras andaluzas de donde procedía su padre o en las orillas del mar Cantábrico buscando alivio a su enfermedad ocular. Ese contacto directo con la Naturaleza le permitiría adquirir, además de un total conocimiento del mundo animal y vegetal, una capacidad de observación, análisis y deducción que, posteriormente, repercutirá en muchas de sus decisiones personales. Su intensa curiosidad por el mundo que la rodeaba se acrecentó con sus viajes al extranjero. Se sabe que cuando apenas tiene quince años viaja a París con sus padres. A Francia regresará posteriormente en 1873, instalándose en Bayona una larga temporada. Más tarde, en 1875, viajará a Roma, donde su tío, el mencionado historiador, Antonio Benavides, había sido nombrado embajador ante la Santa Sede.
Las primeras muestras de su producción literaria hay que situarlas en estos años, cuando aparece publicada en París, 1873, una pequeña obra dedicada a Isabel II, exiliada en Francia en aquellos tiempos, Un ramo de violetas. A esta primera obra le sucede la publicación en La Ilustración Española y Americana, 22 de junio de 1874, de “En las orillas del mar”, extenso poema que será incluido más tarde en Ecos del Alma y que debió alcanzar cierto éxito, pues le facilitó publicar numerosas composiciones en prestigiosos periódicos madrileños –La Iberia, La Mesa Revuelta, Revista Contemporánea, El Imparcial- durante el periodo de 1874 a 1876. No obstante, tal como la escritora confiesa en el prólogo que antecede a su primer libro recopilatorio de poesía –Ecos del Alma (1876)-, su vocación literaria se despertó en su más tierna infancia. Una creación poética marcada por la expresión de sus íntimas emociones, tal como se concebía la creación femenina. De esta poesía de tono romántico Rosario de Acuña salta al teatro, alcanzando un éxito rotundo con la puesta en escena de su primer drama, Rienzi el Tribuno en el Teatro del Circo el 12 de enero de 1876. El estreno no defraudó a nadie, pues la autora, aclamada por el público, tuvo que salir a escena al finalizar el segundo acto, entroncando de esta forma con el sistema de máximo reconocimiento  propio de esta época, tal como se había institucionalizado a raíz del estreno de El Trovador de García Gutiérrez. Drama histórico al que le seguirán Amor a la Patria (1877) estrenado en Zaragoza (28 de noviembre de 1878) y Tribunales de venganza, representado en el exigente Teatro Español el 6 de abril de 1880. El éxito, no exento de algunas críticas, acompaña a Rosario de Acuña que, además de escribir obras dramáticas, publica un “pequeño poema a imitación de Campoamor”, Morirse a tiempo (1879), su libro de cuentos y poemas, Tiempo perdido (1881) y La Siesta (1882), recopilación de artículos publicados en prensa.
A tenor de lo indicado, todo apunta a que durante estos años Rosario de Acuña se perfila como una de las escasas escritoras del siglo XIX que conoce el éxito, que logra abrirse camino en el exclusivo ámbito masculino de la literatura. Paralelamente a este éxito profesional Rosario de Acuña también parece alcanzar la felicidad personal, pues pocos meses después de representarse Rienzi el Tribuno contrae matrimonio con el joven militar don Rafael de la Iglesia. No obstante, el matrimonio no resultó como se esperaba y la pareja se separó definitivamente en 1883, quedando Rosario de Acuña instalada en Pinto, ese pueblo en el que el matrimonio, en lo que parece un intento de solventar sus diferencias, residía desde 1881, pues la escritora, que comienza a percibir la ciudad como un lugar de intrigas, hipocresía y  ambición, se mostraba partidaria en estas fechas de vivir en contacto con la naturaleza, aspecto que se refleja en la sección fija –En el campo-que inicia en 1882 en El Correo de la Moda y en sus folletos Influencia de la vida del campo en las familias (1882) y El lujo en los pueblos rurales (1882). Rosario de Acuña recibirá un nuevo e inesperado golpe en este mismo año de 1883: el fallecimiento de su amado padre. Ambas circunstancias propiciarán el viraje que se anunciaba en algunos de sus escritos de estas fechas, como sucede, entre otros, con la inclusión en Tiempo perdido de artículos como  “Los intermediarios”, clara denuncia  a la frivolidad de sus contemporáneos y al falso valor de la apariencia, y “Algo sobre la mujer”, donde se sitúa a favor de la igualdad entre sexos, al lado de cuentos y relatos intrascendentes.
A partir de 1884, fecha memorable en la que la afamada poeta y dramaturga es invitada a leer sus poemas en el Ateneo madrileño -19 de abril-, su viraje ideológico es manifiesto. Rosario de Acuña se había convertido en la primera mujer en ocupar la tribuna del cerrado y restringido coto masculino madrileño como reconocimiento a sus méritos literarios, pero lejos de mantenerse exclusivamente en el ámbito de la creación Rosario de Acuña se interesa cada vez más por las cuestiones sociales, por la lucha por instaurar la justicia, la libertad, la tolerancia. La lectura de los primeros ejemplares de Las Dominicales del Libre Pensamiento la llevó a enviar, animada por su afinidad con los valores defendidos en sus páginas, una carta a su director adscribiéndose públicamente a la causa de los librepensadores, carta que se publicó en primera página en el ejemplar correspondiente al 28 de diciembre de 1884. A partir de 1885 publicaría  numerosos artículos en Las Dominicales y en 1886, impulsada por un evidente espíritu reformista, ingresará en la masonería. Hecho que tuvo lugar en su visita a Alicante, ciudad donde había sido invitada a leer sus versos en el Teatro Principal. Rosario de Acuña que mantenía una estrecha colaboración con el periódico La Humanidad, portavoz de los masones alicantinos, ingresa en la logia Constante Alona adoptando el nombre de la célebre filósofa de Alejandría, Hipatia.
Rosario de Acuña, proclamada públicamente librepensadora, masona y feminista, incrementa su actividad propagandística, sin olvidar por ello su obra de creación. Colabora con profusión en medios periodísticos con artículos de opinión –destacamos, entre otros, “Trata de blancas” publicado en El Imparcial el 21 de febrero de 1887 y pronuncia destacadas conferencias, como las celebradas en el Círculo de las Artes de Madrid –“Los convencionalismos” (14-1-1888) y “Consecuencias de la degeneración femenina” (21-4-1888). Atendiendo a la creación literaria destaca en estos años el estreno de su obra dramática más polémica, El padre Juan. Rosario de Acuña, como hicieron con anterioridad otros escritores, utiliza la creación literaria como plataforma de expresión de sus ideales, presentando en el escenario un drama en el que denuncia los falsos valores de la religión católica institucionalizada. Frente a las falsas y deformadas creencias y prácticas religiosas, frente al fanatismo paralizador, Rosario de Acuña nos presenta unos héroes que encarnan la razón, la justicia, la bondad. Personajes que intentan introducir toda suerte de mejoras en la pequeña villa en la que viven y ante los que se alza el pueblo manipulado por el misterioso sacerdote que da título a la obra. Como en la  Doña Perfecta galdosiana, la razón y el progreso sucumbe aplastado por la intolerancia religiosa, concluyendo la obra con la muerte de su protagonista, el ingeniero Ramón Monforte y la desolación de su prometida Isabel de Morgovejo. La obra, estrenada el 3 de abril de 1891 en el Teatro Alhambra de Madrid, constituyó un auténtico escándalo, pues los sectores más conservadores, que no podían tolerar el anticlericalismo librepensador que sustentaba la obra, instaron al gobernador civil de Madrid a prohibir su continuación en cartel, cerrando las fuerzas públicas esa misma noche del estreno las puertas del teatro. Rosario de Acuña perdió el dinero invertido, pues en esta ocasión, dada la pública ideología de la autora, ningún director se arriesgó a poner la obra en escena.
En estos años Rosario de Acuña contaba con la presencia constante de un joven estudiante de Derecho, Carlos de Lamo Jiménez, a quien conoció en 1887 en Pinto y que se convertirá en el compañero fiel que la acompañará hasta el final de sus días. Los diecisiete años de diferencia de edad no fueron obstáculo para que la relación se consolidase rápidamente, acompañándola su joven amigo  en los sucesivos viajes que la escritora solía realizar durante los meses de verano por diversos puntos de la geografía peninsular -1889 y 1890-. La pareja no llegará a casarse, ni siquiera cuando Rosario de Acuña enviuda, enero de 1901, parece plantearse esa posibilidad. La escritora, dada su experiencia anterior, se muestra convencida de que su unión no necesita ser sancionada por nadie ajeno a ellos mismos, pues han conseguido alcanzar su propia felicidad, una situación que, probablemente, se acerque a lo que ella describe en un artículo publicado en 1911 donde condensa en pocas líneas su concepción sobre las relaciones entre hombre y mujer:
Hay que engendrar la pareja humana, de tal modo, que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer, los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento de la sabiduría, del trabajo, de la gloria y de la inmortalidad; los dos juntos, sufriendo, con intensidad, los dolores; gozando, en el mismo grado, de los placeres; entrelazados, siempre, en estrecho abrazo […]
Fragmento que corresponde al artículo titulado “La jarca en la Universidad”, 22 de noviembre de 1911, donde, de forma airada, defiende el derecho de la mujer a acudir a la Universidad y reclama, por tanto, la igualdad entre sexos. El artículo estuvo motivado por un hecho puntual, pues unos días antes unas jóvenes estudiantes de Literatura General y Española –no olvidemos que la Universidad española desde hacía muy poco, 1910, había abierto oficialmente sus puertas a las mujeres- son agredidas verbalmente por sus compañeros. Rosario de Acuña publica en París el citado artículo en El Internacional, periódico dirigido por Luis Bonafoux, pero al ser reproducido por el diario El Progreso, la tensión se dispara. Muchos estudiantes, acompañados de profesores, se manifiestan en contra del escrito de Rosario de Acuña; se cierran las aulas universitarias, se pide que intervenga la autoridad y el propio ministro de Instrucción Pública realiza las gestiones pertinentes ante la Fiscalía de Barcelona a fin de interponer una querella contra la autora por delito de injurias y dictando orden de detención contra la autora. Defensa de unos principios que acarrea, una vez más, complicaciones en la vida de Rosario de Acuña, que se refugiará en Portugal hasta que el influyente conde de Romanones, nuevo presidente de gobierno, medie para que se le conceda el indulto en 1913.
Años antes de este suceso y tras su frustrado intento de instalarse en Galicia, Rosario de Acuña lo hace en Cueto, una pequeña aldea próxima a Santander (1893). Allí de la teoría pasa a la práctica, pues de promocionar entre sus lectoras las ventajas de la vida en contacto con la Naturaleza, pasa a informar sobre sus experiencias al frente de una pequeña granja avícola. La explotación fue en principio un éxito y Rosario de Acuña escribe algunos artículos en El Cantábrico encaminados a que sus lectoras descubran las ventajas económicas que puede acarrearles el desarrollo racional de la avicultura. Su esfuerzo se verá recompensado, pues en 1902 obtuvo la medalla de plata en la I Exposición Internacional de Avicultura que se celebró en Madrid. La actividad de Rosario de Acuña en estos años es incansable, pues además de estrenar en el Teatro Español el cuadro dramático La Voz de la patria, 20 de diciembre de 1893, colabora asiduamente en El Cantábrico, apareciendo también artículos suyos en Los Dominicales, El Ideal Cántabro y La Voz del Pueblo. De estas colaboraciones conviene destacar la serie de artículos denominada Conversaciones femeninas – El Cantábrico -dirigidas a las mujeres montañesas, en las que se aprecia ese cambio mencionado en sus escritos, de la teoría a la práctica, pues Rosario de Acuña que ha invertido sus escasos ahorros en su granja difunde sus conocimientos, explica cómo hacer rentable el esfuerzo personal, sosteniendo que el trabajo manual puede satisfacer las necesidades mínimas de cualquier familia. Rosario de Acuña se va acercando cada vez más desde el punto ideológico al pueblo. Ella vive del trabajo manual y el lector ideal al que se dirige es el pueblo llano. Su acercamiento a posiciones republicanas y socialistas es evidente, como se pone de manifiesto en sus colaboraciones en La Voz del Pueblo o en las conferencias que pronuncia, como  la que dictó en la Federación Local de la UGT de Santander –“La higiene de la familia obrera”- el 23 de abril de 1902. Tras la muerte de su madre en 1905 y víctima de sucesivos hurtos en su explotación, Rosario de Acuña da por finalizada su experiencia como avicultora.
En 1909 se instala en la que se convertirá en su residencia definitiva, Gijón. Allí ordena construir una casa sobre un hermoso acantilado. Rosario de Acuña que ya ha cumplido más de setenta años colabora en la prensa periódica –El Publicador y El Noroeste, esencialmente-. Su compromiso con los más desprotegidos se acrecienta, pues en sus colaboraciones denuncia desde la situación en la que se encuentran las mujeres maltratadas, la infancia abandonada, los obreros, hasta la dureza de la vida en la mar que tantas vidas cuesta a los pescadores. Su posición política le acarreará muevas dificultades, como sucede, por ejemplo, en julio y agosto de 1917, pues a raíz de la proyectada huelga convocada por UGT CNT en Asturias las autoridades decretan efectuar dos registros en su propia casa, convencidas de que la escritora la apoya. A pesar de su edad, Rosario de Acuña seguirá utilizando su pluma en momentos puntuales, cuando lo exijan las circunstancias, hasta que en 1923 le sorprenda la muerte en su casa de Gijón.
Mª. de los Ángeles Ayala
¡Gracias por leerme! Fuentes de consulta: Fuente: cervantesvirtual

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martes, 18 de septiembre de 2018

Fortaleza de La Mota.

La Fortaleza de La Mota, también conocida como Castillo de Alcalá la Real, es un recinto defensivo, situado en el cerro de la Mota, a 1.029 m.s.n.m., en la ciudad de Alcalá la Real, en la provincia de Jaén (comunidad autónoma de Andalucía, España), datado en época nazarí (siglos XIII y XIV), aunque con algunos elementos anteriores. 

Vista diurna de la Mota.
LocalizaciónAlcalá la Real, AndalucíaBandera de Andalucía.svg Andalucía, EspañaFlag of Spain.svg España
TipoCastillo
UbicaciónColina
Coordenadas37°27′35″N 3°55′45″O / 37.4597, -3.92917Coordenadas: 37°27′35″N 3°55′45″O / 37.4597, -3.92917 (mapa)
Época de construcciónSiglo XIII
Uso actualBien de interés cultural RI-51-0007856 desde el 22 de junio de 1993

Historia

Vista aérea de la fortaleza de La Mota

En 713 d. J.C./94 Hégira, con la conquista musulmana, la ciudad pasa a denominarse قلعة أسطلير (Qal`at Astalir), luego, en el siglo IX, قلعة يحصب (Qal`at Yahsub) y, más tarde, a mitad del s. XII قلعة بني سعيد (Qal`at Banī Sa`id), esto es, "fortaleza de los Bani Sa`id o de la familia Sa`id", también, abreviadamente, القلعة Al-Qal`a, "la fortaleza", del que procede su nombre actual.

Según algunos autores, la atalaya-castillo se erigió a principios del s. VIII, por el mandatario granadino Badis Aben Habuz, como defensa frente a las correrías de las huestes de Baeza, que estaban asentadas en el cercano Castillo de Locubín. Pero esto sucedió, en realidad, en el s. XI, en la época de las primeras taifas, en la que nació y murió el reino zirí bereber de Granada. 

Se sabe que antes, en 889, fue centro de una de las rebeliones muladíes contra el Califato de Córdoba y que, más tarde, tuvo un papel destacado en los enfrentamientos entre los almorávides y los reyes de Taifas, época en que se refuerzan sus sistemas defensivos y se rodea todo el espacio habitado con una nueva muralla, levantándose una mezquita y un sistema complejo de acceso a la parte alta del cerro, con varias puertas controladas por torres albarranas.

En la época almohade sufrió los ataques de los bereberes norteafricanos por su rebelión manifiesta y su constitución en señorío independiente. Abd al-Malik ben Sa`id, su gobernador y jefe del clan familiar pagó con cárcel en Marruecos su rebeldía durante un corto tiempo. Luego regresó libre y obediente a Alcalá. 

Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el castillo es objeto de diversos ataques que, según algunos autores, supusieron su paso a manos cristianas y musulmanas alternativamente. En esta fortaleza tuvo lugar el llamado Pacto de Alcalá, entre Alfonso X y Alhamar (1265), época en que estaba bajo control granadino.



Entre mediados del siglo XIII y el XIV, se organizó un sistema defensivo de atalayas-vigía que controlaba la línea fronteriza fijada en el Pacto de Jaén

En 1340, Alfonso XI sitió la ciudad, que capituló vencida por el hambre, en 1341, pasando definitivamente a ser uno de los principales puestos fronterizos del Reino de Castilla frente al Reino nazarí de Granada. Hasta la caída de Granada, el castillo de La Mota tuvo generosas dotaciones de Castilla, realizándose algunas obras, como el levantamiento de la llamada "Torre Nueva". 

Sin embargo, una vez conquistada Granada, la fortaleza se abandonó gradualmente y todo el sistema defensivo "fue cayendo en el estado de incuria a que llegaría en el siglo XVIII, coincidente con el despoblamiento de la alcazaba por los arrabales del llano".
Alcalá la Real en 1668 según una acuarela de Pier Maria Baldi. La ciudad empezó a trasladarse desde la fortaleza al llano en el siglo XVII.
Ya en el siglo XIX, las fuerzas francesas acondicionaron y restauraron la fortaleza, construyendo un muro que iba desde el alcázar hasta la Torre de la Cárcel, circundando la zona de ocupación, que incluía la Iglesia Mayor abacial. En 1812, al terminar la Guerra de la Independencia, la Iglesia Mayor, utilizada como almacén, fue incendiada, lo que provocó el desplome de parte de la bóveda, y se provocó la explosión del polvorín que albergaba la Torre de la Cárcel, destruyendo gran parte de sus muros. El deterioro de la fortaleza se agravó como consecuencia de impactos de artillería en la guerra de 1936-39, realizándose restauraciones en ella sólo en tiempos recientes.

Descripción

La Torre del Homenaje del alcázar

El Castillo de Alcalá la Real, está dispuesto, como era usual en las ciudades-fortaleza andalusíes, en tres recintos:
  • El recinto exterior, formado por las defensas de la medina, cerrado por una amplia cerca que incluía varios arrabales, entre ellos el llamado "Arrabal Viejo", mejor conservado. Su trazado original, corresponde a los siglos XI y XII y, actualmente, quedan en pie muy escasos restos de muralla. Esta muralla estuvo inicialmente construida con tapial y argamasa, aunque parece ser que fue remodelada en los siglos XIII y XIV, revistiéndola de muros de mampostería. Algunos autores, consideran que hubo otra cerca, aún más externa, que posiblemente fuera una albacara de tierra y madera.
  • La alcazaba, o recinto interior, que ocupa la totalidad de la meseta situada en la cumbre del cerro de la Mota, y que fue el solar de la ciudad original, rodeada de una muralla. En su momento, disponía de varias puertas que daban acceso al recinto interior: La "Puerta de Santiago", estaba ubicada en el extremo noroeste, y comunicaba directamente con el exterior de la medina; la de "San Bartolomé" estaba en el extremo suroeste, y también accedía directamente al exterior. Sin embargo, el acceso principal subía por la llamada "Cuesta de la Mota" y se realizaba a través de siete puertas, de las cuales, en la actualidad, solo quedan tres en pie. Por orden accedemos a una primera puerta (desaparecida y sin nombre conocido) y posteriormente a la puerta "De Las Lanzas", protegida por una torre albarrana. Seguidamente la monumental puerta en recodo, llamada "Puerta de la Imagen", con doble arcada mixta de medio punto (el primero de ellos) y de herradura (el segundo). Es muy similar a la Puerta de la Justicia de la Alhambra. Tras ésta, figuraban las desaparecidas "Puerta del Pendón" y "De Aguilera". Y, después, debía aún cruzarse la "Puerta del Peso de la Harina", que era la que comunicaba la alcazaba con la plaza alta, y donde se procedía al pago de aranceles de entrada a la ciudad. Un último acceso pasaba por el llamado "Cañuto" o "Gaván", un pasaje cubierto que accedía al recinto amurallado, y que fue destruido por un terremoto en el siglo XVI.
  • Finalmente, el alcázar, último recinto defensivo, se situaba en la parte más elevada de la alcazaba, con forma triangular o trapezoidal (con uno de sus lados muy reducido), con la Torre del homenaje, la "Torre de la Campana" y la "Torre Mocha". El acceso al interior se realizaba a través de una puerta situada bajo la torre del homenaje, de estructura constructiva muy similar a la Puerta Monaita de la capital del Reino de Granada.
Todo el conjunto está edificado con mampostería y ha sido restaurado por la Junta de Andalucía. Algunos autores mantienen que pudo haberse construido originalmente en tapial, aunque durante las restauraciones realizadas no se ha detectado prueba alguna de ello.

¡Gracias por leerme! Fuentes de consulta: wikipedia

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